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En el Palacio de Versalles el Garden Party tocaba a su fin. Había sido un gran éxito. Como de costumbre, el presidente, bien aconsejado por su esposa, no había escatimado recursos. Una vez más, la Grandeur de la France había acudido a la cita. La flor y nata de la Nación estaba al completo, así como los amigos extranjeros. Incluso la Oposición, indecisa al principio, se había dejado tentar por la opulencia del entorno, los jardines franceses, el champán y los fastuosos banquetes. El historiador Zalar, experto oficial de la Tercera República, tan querido por el presidente, miraba de reojo un tanto achispado a las jóvenes camareras que ofrecían una última copa de champán antes de la despedida.

A las 15 horas, la imponente columna de vehículos oficiales abandonó finalmente Versalles, flanqueada por motoristas, los temibles voltigeurs y coches de policía. La víspera, tras examinar las opciones para el itinerario, el presidente había elegido el que atravesaba París de suroeste a norte, igual que 150 años atrás, la víspera de la Semana Sangrienta.

En París, los barrios contiguos a Montmartre estaban atestados de gente. La última provocación del presidente había hecho desbordar el vaso. La tan soñada « convergencia de luchas » parecía finalmente haber cuajado espontáneamente o, mejor dicho, inducida por el enemigo. A los manifestantes habituales, militantes políticos, sindicalistas y chalecos amarillos, se había sumado una multitud de personas de todas las edades y orígenes. Habían influido también el buen tiempo y que el lunes de Pentecostés era festivo.

Enfrente, al pie de la colina, se había desplegado un impresionante dispositivo de seguridad. Militares, Policía Nacional y Gendarmería tenían instrucciones de evitar que nadie se acercara a la basílica del Sagrado Corazón. Camionetas, autobombas y barreras metálicas reforzadas con alambre de espino, constituían un muro infranqueable, que separaba a los pudientes de las clases bajas. Las fuerzas del orden, con indumentaria antidisturbios y armas cargadas con munición real, esperaban la posible orden de cargar contra la muchedumbre.

A dos kilómetros a vuelo de pájaro, en lo alto de las Buttes de Chaumont, justo al lado del pequeño templo de la Sibila, estaban todos excepto Yaëlle y Tuning – que tenían que encargarse de los últimos preparativos – y Ahmed, que no había podido renunciar a presenciar in situ su obra, por fin expuesta al público. Todos estaban callados, era el gran final. Habían empezado inventando una fábula que había cobrado vida propia y había terminado por arrastrarlos. Se habían jugado mucho, habían vuelto a la realidad, habían conseguido ayuda de obreros comunistas, habían remontado Francia en barcaza, habían hecho complicados cálculos, habían implicado a unos músicos suizos… Y ahora estaban allí reunidos … resultaba difícil de creer. Paul pensó en los riesgos que había corrido, en los impresentables con los que había tenido que entendérselas, y ya no tenía ganas de verse como un militar seguro de sí mismo. Thierry estaba tratando de elaborar una explicación teórica, sin éxito: ni siquiera el destino, los avatares de la historia, estaban a la altura de lo que iba a suceder.

Simone, mientras jugaba con su hijo, no conseguía entender cómo se había implicado en esa fábula: quizás por presunción de científico al principio, luego por rabia, pero eso no bastaba, era realmente difícil de explicar. Bertrand se decía a sí mismo que esa no era la revolución que él siempre había imaginado, pero ahora tenía que olvidarla, y es que quizás esa fábula fuera lo único que le quedaba. Errico no podía creer que todo hubiera empezado con su discurso de borracho, trastornado cómo estaba por la muerte de Edmond y por lo sucedido en Córcega, y sin embargo así había sido. Lise tenía sentimientos contradictorios, todavía no estaba muy segura de lo que quería. Había luchado como una desaforada, el misterio de su tío, la fiesta, la música, la gente bailando. Se había sumergido en aquella fábula con sus ideas pacifistas, y ahora ya no estaba segura de nada. En algún recoveco de su cerebro persistía un sentimiento de culpa.

El teléfono de Lemoine anunció con un breve sonido la llegada de un mensaje. La pareja recogió sus cosas y salió rápidamente de la suite Mansart. Ambos tuvieron que volver sobre sus pasos, porque se habían olvidado el spray de cola en la mesita de la terraza. Después de rociar la cerradura, « Lemoine » colgó la hoja que había dejado Yaëlle. El texto, escrito en rojo, decía: « Todo intento de entrar por la puerta o de parar la música hará que explote la suite ».

Cambió de idea, arrancó el papel, sacó del bolsillo interior de su chaqueta un bolígrafo Mont-Blanc de color negro y oro, se puso las gafas y, tras una breve reflexión, escribió un largo texto. Lo releyó y, satisfecho, lo clavó con una chincheta en la puerta. El texto decía:

Seguid vuestro camino bajo las horcas caudinas, cual romano derrotado por el ejército samnita o con la mano en los calzones del zuavo, pero don’t disturb, sólo puedo dormir en una suite del Palace y de Stockhausen. ¿Acaso no me creéis, panda de inútiles? Cualquier intento de irrupción, de interrupción, provocaría no los azules Klein de Deschamps, sino fuegos artificiales negros de Soulages, la caída de las acciones del Ritz y algunos daños colaterales en casa de vuestros vecinos Dupond y Dupont. Esto no es más que una notita en la puerta, tomaos tiempo para disfrutar del acertijo y de vuestro último cigarrillo.

Al llegar a la planta baja del hotel, la señora, impecablemente vestida, se dirigió con paso decidido hacia la recepción. Devolvió la llave de la suite y agradeció a los empleados su amabilidad y profesionalidad. La pareja salió del Ritz cogida del brazo.

– ¿Un pequeño Mont-Blanc de Angelina, señor Lemoine? Preguntó ella con una amplia sonrisa.

– Why not, respondió Lemoine. Su compañera lo llevó en dirección a las Tullerías.

Por una vez, los jóvenes romaníes habían llegado a tiempo. En ocho bicicletas flamantes. Siete de ellas iban equipadas con trasportines traseros en los que iban sentados los más pequeños. De vez en cuando se ponían de pie apoyándose en los reposapiés, situados en el eje de la rueda trasera, y oteaban el horizonte. Encabezando el cortejo, el mayor de la pandilla zigzagueaba en equilibrio inestable sobre su rueda trasera. La rue de Rivoli estaba poco transitada, el pelotón se agrupó antes de girar a la derecha hacia la Place Vendôme. La vista de la columna envuelta en andamios sirvió de señal para el esprint, los ciclistas cambiaron de marcha, comenzaron a pedalear de pie y ganaron velocidad. Los pasajeros traseros empezaron a sacar de sus cazadoras grandes bombas de humo con anilla y pasador, lanzando gritos de guerra. A medida que iban llegando a la plaza, las bicicletas pasaban rozando a los mirones y se dirigían alternativamente a ambos lados de la columna enfundada. Los jóvenes pasajeros arrojaron las bombas de humo. Una espesa humareda roja se elevó del centro de la plaza, obligando a los transeúntes a alejarse. La escuadra romaní siguió sin perder impulso, cruzó la plaza y se dispersó por las calles vecinas.

La Columna Vendôme había desaparecido entre la niebla roja, la nube púrpura, hubiera dicho Thierry, satisfecho de su cita literaria. Los transeúntes, que se mantenían a distancia en los bordes de la plaza, miraban con incredulidad. Los funcionarios del Ministerio de Justicia se agolpaban en las ventanas. El jefe de gabinete intentaba en vano contactar con el ministro, quien departía despreocupadamente en el coche oficial camino de París. Los empleados y los escasos clientes del Ritz salieron a la escalinata.

De repente el potente sonido de una sirena de niebla resonó en los altavoces de la terraza de la suite del Ritz, una voz femenina conminó en varios idiomas a los transeúntes a alejarse de la Columna.

Cuando la niebla se disipó, la columna reapareció por un breve instante, aún envuelta en sus lonas publicitarias, luego se desprendieron los andamios por los cuatro lados y se estrellaron contra el suelo. Y empezó la música.

El Inspector Thénardier estaba haciendo footing en el Parque de las Tullerías, como cada día. Se había dado de baja por enfermedad tan pronto como se había enterado de lo de la ceremonia del Sagrado Corazón. Le llamó la atención el humo colorado que salía de detrás de la rue de Rivoli. Se detuvo y se quitó los auriculares; los bajos de la música procedente de la Place Vendôme le retumbaban en el pecho. Echó a correr. Cuando llegó a la plaza se sintió sobrecogido por la belleza de la obra, y, debido en parte al esprint, se quedó sin resuello. Por fin se veía la columna; era de un azul eléctrico y estaba recubierta de arriba abajo de todo tipo de organismos vivos, de colores chillones. El reino animal, el vegetal y el imaginario se entremezclaban sin jerarquía alguna. Una oda psicodélica a la naturaleza, a la vida en todas sus formas; ese había sido el hilo conductor que Ahmed había seguido desde Sète hasta los suburbios parisinos. La leyenda vanidosa y mortífera del friso había desaparecido.

(Ilustracion de Vincent Roland)

La música que llegaba a todo volumen desde la terraza del Ritz tampoco desmerecía. Era un popurrí de electro, jazz, música popular, canciones de lucha y rap. Los músicos helvéticos habían hecho un trabajo meritorio. Y desde su pradera alpina se entregaban ahora a fondo, cada uno frente a su ordenador, para ir emitiendo las intervenciones en vivo de la banda sonora programada. El inspector rodeaba lentamente la Columna lleno de admiración. Recordó los bocetos incautados en el remolque de la casa de los okupas; nunca hubiera imaginado tanta belleza. Se fijó en las ocho enormes anémonas de mar de color rosa, enganchadas de cuatro en cuatro, que desplegaban sus tentáculos multicolores.

Distinguió a Ahmed a unos metros de  distancia  contemplando  su  propia  obra. Thénardier rebuscó rápidamente en la fundita que llevaba sujeta al brazo: entre los documentos de identidad, las llaves y el teléfono móvil, siempre llevaba una brida de plástico. Se acercó al artista y le puso una mano en el hombro:

Bonito trabajo, señor Grafitero ¿le pongo las esposas y me ofrece usted una visita guiada? Ahmed, con las manos atadas a la espalda, seguía en silencio.

Mírela bien, inspector, pronto habrá desaparecido. Dijo sonriendo.

El policía y el grafitero estaban disfrutando del espectáculo y la música. Iban rodeando lentamente la columna para observar íntegramente su nueva piel. Thénardier concentró su atención en la base maciza y cuadrada, era negra y estaba salpicada de pequeñas manchas blancas que representaban galaxias y nebulosas. Se preguntó qué habría querido decir Ahmed con lo de “desaparecer”.

¿Qué es esa especie de escala retorcida que está enrollada en torno a la base? Preguntó el inspector.

Es ADN, el extremo está abierto y los confetis de colores que salen de él simbolizan el avance de la naturaleza, respondió Ahmed con tono erudito. La gente que estaba en los laterales de la plaza empezó a bailar al ritmo de la  música. Thénardier sintió un objeto puntiagudo en la parte baja de la espalda, y oyó una voz quebrada que le ordenaba liberar a su prisionero. Ahmed se volvió y vio al barquero que le guiñaba el ojo. Una pareja de turistas nipones se acercó a la Columna para hacerse una foto, el hombre llevaba un palo telescópico con su teléfono móvil colocado en el extremo. Por los altavoces se les conminó en japonés a alejarse de inmediato. Los japoneses obedecieron raudos y echaron a correr haciendo reverencias en señal de disculpa.

Comienza la cuenta atrás.

En la furgoneta, Yaëlle y Tuning no quitaban ojo a las pantallas. Estaban fascinados con las imágenes de la Place Vendôme que estaban retransmitiendo las cámaras colocadas en los bordes de la terraza del Ritz. Tunning, que había ayudado a Ahmed a revestir la columna, no salía de su asombro. Nunca se habían usado así las láminas de vinilo. En una criatura tentacular de color naranja le pareció reconocer una cita de su tatuaje. Yaëlle se rió al ver la estatua de Napoleón con una larga falda roja. El emperador llevaba un sombrero de copa decorado con plumas de pavo real; dentro estaba escondido el bote de metal que contenía las cenizas de Edmond.

Yaëlle hizo las últimas comprobaciones, la conexión con el sistema de disparo funcionaba y era estable. Tuning tarareaba el estribillo de los estadios de fútbol « Esta noche te prendemos … esta noche te prendemos fuego … », por inconsciencia o incluso por sacudirse de encima el estrés que hacía que le sudaran las manos. Al final de la cuenta atrás, Yaëlle le hizo una seña con el índice y él pulsó la tecla « enter« , los ocho misiles disfrazados de anémonas, se encendieron. Sin embargo, la columna permaneció inmóvil. Desamparados, sin saber qué hacer, los dos miraban fijamente las pantallas. De repente, la columna tembló y, al igual que en cabo Cañaveral, dejó de resistirse al empuje de los misiles. Se elevó un metro, luego cinco, y despegó en vertical mostrándole a la ciudad su nueva piel. En la plaza se erguía el núcleo de piedra con su escalera interior helicoidal, una escalera sin fin, la metáfora del asalto al cielo que tanto le gustaba a Thierry.

Al llegar a una altitud de cien metros, la columna se inclinó y voló hacia el norte. El obús multicolor, coronado por un emperador transformado en la « Reina Disoluta de Albión », como lo habría descrito Edmond, adquirió velocidad. La larga cola del vestido se extendía al viento, una larga bandera roja, símbolo de la Comuna. El obús se dirigía hacia Montmartre y el Sagrado Corazón, donde el presidente acababa de tomar la palabra.

La potente explosión resonó en toda la ciudad. Los manifestantes, incrédulos, miraban en dirección al Sagrado Corazón, de donde se elevaba un humo espeso. Los eslóganes y los cánticos se habían detenido en seco y reinaba un silencio absoluto. El sonido de un motor de avión procedente del sur atrajo hacia el cielo la vista de los manifestantes. Un bimotor, de los que se utilizan para los saltos en paracaídas, volaba a baja altitud trazando bucles concéntricos. Empezaban a distinguirse pequeños puntos rojos que salían de la trasera del avión y descendían lentamente sobre la ciudad. A medida que se acercaban al suelo, los pequeños puntos cobraban forma: eran paraguas chinos rojos, de los cuales colgaban cestas de mimbre. Preocupados e intrigados, algunos manifestantes se acercaron prudentemente a las extrañas canastas que habían tocado tierra. Estaban llenas de cerezas « gotas de sangre » y « pendientes de oreja ». Era un homenaje a la Comuna, a todas y a todos sus participantes.

Jóvenes vestidos de negro, con el rostro oculto por pasamontañas con orejas de gato y gafas protectoras, entraron en acción en distintos puntos de la manifestación. Mediante grandes mazas, hicieron saltar en pedazos las cristaleras tintadas de unas cincuenta plantas bajas de edificios reconvertidos en AirBnB. Dentro, junto a los escaparates destruidos, había mostradores montados con palés, provistos de surtidores de cerveza, botellas de « kriek » y ginginha. Un banderín negro colgaba por encima con la frase « ¡Es época de cerezas! » escrito en letras rojas. Los « black blocs » encendieron el equipo de música. Una versión para « piano y voz femenina » de la canción comunera rompió el silencio. Una vez retirados los pasamontañas, jóvenes de ambos sexos con caras sonrientes empezaron a servir bebidas a los manifestantes. La fiesta podía dar comienzo. La muchedumbre se apoderó de las bebidas y de las máscaras de cartón apiladas en el mostrador, que llevaban la efigie de comuneros y comuneras sonrientes, y se alejó bailando.

En la place Vendôme, la multitud estaba atónita por lo que acababan de presenciar. La explosión de Montmartre había resonado hasta allí. En las redes sociales empezaban a publicarse las primeras imágenes. Thénardier, no sabía muy bien qué hacer; todas sus certezas, sus principios, se habían venido abajo. Se volvió hacia Ahmed y Lolo, que lo miraban fijamente, luego miró su reloj inteligente, cuyo cronómetro seguía en pausa. Lo volvió a poner en marcha y, tras un movimiento de cabeza a modo de saludo, se alejó corriendo.

En la cima de les Buttes Chaumont, la banda había asistido a la trayectoria parabólica de la Columna.

El Sagrado Corazón ya no estaba.

Thierry estaba tomando notas; ya tenía en la cabeza el ensayo de su vida.

Errico miraba ausente la nube de humo, allí donde unos minutos antes aún imperaba el poder, literal y figuradamente.

Tuning se imaginaba al volante de un coche deportivo, sería un Mustang.

Bertrand se miró las manos, con las que había querido construir un mundo mejor. Se preguntaba cómo interpretar el persistente dolor que sentía bajo el omóplato izquierdo, que le cortaba la respiración. Se estaba despidiendo de su revolución.

Yaëlle y Lise contemplaban el espectáculo en silencio. Se miraron y se besaron abrazándose apasionadamente.

Simone tenía a su hijo cogido de una mano. La otra se levantó sola y fue a posarse en el hombro de Paul.

En ese mismo momento, apareció en el teléfono del ex militar una notificación de mensaje, era Ahmed anunciando « en marcha ».

-Bueno, exclamó Lise, ¿vamos a celebrarlo?

Nota de los autores

Lo que acabas de leer no pertenece al mundo de las fake news, como se dice hoy en día, sino a uno mucho más valioso, el de las dreamer’s news.

A poco que te hayas divertido – y esperamos que así haya sido – te estarás preguntando “¿cómo se explica todo esto?”.

¿Cómo es posible que estos personajes hayan llegado a montar semejante operación?

¿Que la operación haya tenido éxito a pesar de todas las dificultades técnicas, económicas, logísticas y organizativas?

Nos gustaría responder con una pregunta: ¿Acaso era posible que disponiendo únicamente de unas armas obsoletas y de barricadas improvisadas, unos cuantos individuos desorganizados, hambrientos y aislados en una única ciudad, pudieran triunfar frente a dos ejércitos profesionales y todas las fuerzas reaccionarias coaligadas?

¿Era posible « asaltar el cielo »?

En el mundo de lo posible, la respuesta es sin lugar a dudas « no ». Y sin embargo…

Sin embargo, la Comuna de París se mantuvo durante 72 días. 150 años después sigue siendo para muchos un ejemplo, una fuente de inspiración, un sueño.

Así que dejemos a un lado lo posible y permitamos que se abra paso lo pensable, lo imaginario.

Paul, Simone, Bertrand, Errico, Lise y los demás imaginaron una acción y, una vez pensada, la llevaron a cabo. Sólo duró unos minutos, mucho menos de 72 días, fue un enésimo « asalto al cielo ».

La Comuna resurgió por un breve instante, sólo para desaparecer de nuevo hasta la próxima vez, ya que « ¡eso no quita, Nicolas, que la Comuna no ha muerto! »

Existe un manuscrito, o más bien un primer borrador, que narra la historia completa. Lo escribimos a cuatro manos, en una ventolera que nos dio entre febrero y abril de 2021. Para divertirnos y para encontrar una manera alegre de superar ese periodo oscuro y difícil. Aún nos queda mucho por hacer para convertirlo en una novela y decidir cómo publicarla.

Si te apetece déjanos tus comentarios aquí abajo; nos ayudarán a seguir adelante. Y hasta entonces, ¡cuídate y cuida a los demás !

Krill&Zon

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